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Juan Carlos Eicholz (Tolerancia Cero)
Era como si hubiese tenido todo pensado de antemano, como si hubiese sabido desde hace meses que asumiría la cartera de Defensa. Y es que si hay algo que caracteriza a Andrés Allamand es eso de adelantarse en el tiempo, de anticipar la jugada, aunque a veces le juegue en contra, o simplemente se equivoque. Han pasado apenas dos semanas y su mano ya se ha hecho sentir: reemplazo inmediato del cuestionado jefe del Estado Mayor Conjunto, aceleración de varias investigaciones llevadas adelante por la Contraloría -incluida la cuestionada compra del puente mecano sobre el Biobío-, traspaso a Hacienda de la administración de esa especie de fondos reservados de la ley del cobre que manejaba el ministro de la cartera, acuerdo político para modificar la mentada ley, y suma y sigue. En una palabra, Allamand está buscando transparencia, lo que es un desafío nada menor en una cartera más proclive a la opacidad, siempre bajo el amparo de esa expresión casi sagrada que parece ser la seguridad nacional, que todo lo justifica. Visto así, que Allamand actúe con decisión y premura, es una excelente señal. Pero que Ravinet haya hecho poco y nada al respecto, da para pensar, hay que decirlo. Aunque cueste hacerse la idea, ésta es la primera vez que, en sus cerca de cuarenta años de trayectoria política, Allamand está en una posición formal de poder, con miles de personas bajo sus órdenes, con capacidad para tomar decisiones ejecutivas, con galones que constituyen jerarquía. En realidad, es como si ése fuese su estado natural, como si toda su vida se hubiese preparado para esto, para ejercer el poder, para dirigir los destinos del país, para estar a la cabeza. Por eso quizás es que lo visto en estas dos semanas caiga dentro de un contexto de obviedad, para él y para quienes lo observan. Al fin y al cabo, deben existir pocas personas en nuestro país que tengan tantas competencias como las que tiene Allamand para estar ahí, donde finalmente hoy está, en el poder. Y es que, quizás a fuerza de golpes, en él se ha ido forjando una poco característica combinación de rasgos, que lo hacen ser proclive a la acción, pero también a la reflexión; que le permiten desenvolverse bien en la política, pero también en la academia -¿habrá acaso algún político activo que haya escrito más libros que Allamand?-; que lo hacen estar en la primera línea de batalla, pero sin perder por ello la mirada estratégica del que tiene la visión de todo el campo; que lo hacen ser un buen golpeador, pero también un muy buen conversador; que puede ser frontal y acogedor, crítico y leal, enérgico y calmado. No es poco decir. Quizás eso sea el fruto del aprendizaje que da la experiencia, y en particular la experiencia dolorosa, que es la que produce cambios en las personas. El propio Winston Churchill, una especie de modelo político para Allamand, lo decía con sus palabras: "Para mejorar, hay que transformarse. Para llegar a ser perfecto, hay que transformarse muchas veces." Porque si de experiencias dolorosas se trata, este político de toda una vida sabe mucho, como pocos. Y varias de ellas tienen que ver con él mismo, con su propia identidad, y han tenido lugar cada vez que sus luces, llevadas al extremo, se han transformado en sombras, cada vez que algunos de esos rasgos de su personalidad se han impuesto por sobre los otros, haciéndole perder el equilibrio. De ahí que haya existido esa travesía del desierto, que supo ser acompañada de largos espacios de reflexión, para finalmente volver, a tiempo. Y es que en esa palabra -tiempo- está uno de los desafíos principales de Allamand. Se anticipó al término del régimen militar, a la democratización de la derecha, al desalojo de la Concertación, al reconocimiento de las parejas homosexuales, jugando un rol activo en hacer que estos asuntos avanzaran. Pero como siempre ocurre -¡cuántos ejemplos hay de esto en la historia!-, pagó los costos de quien dice lo que otros todavía no están preparados para escuchar. Por eso es que prefieren matar al mensajero. Y Allamand fue asesinado varias veces. Su desafío hoy es manejar bien los tiempos. Si se anticipa mucho, será el blanco de todos los ataques. Si se queda esperando a que las cosas ocurran por sí solas, no logrará captar la atención de la gente. Él lo sabe, sin duda. Pero tendrá que administrarlo en el día a día, donde cuesta, para llegar justo a tiempo. CICERONE
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